Flor eterna I

Empiezo a escribir esta historia sentada en el autobús que me lleva de vuelta a casa, embargada por la urgencia de contar todo lo que me ha ocurrido para, de algún modo, poder desprenderme de parte de la histeria que me presiona el corazón y amenaza con empujarme al barranco de la locura.

Es un día lluvioso. Las gotitas de agua resbalan por el cristal de la ventana. La gente se acurruca en sus asientos agradecida de la incipiente calefacción que les permite entrar en calor, aunque yo no noto ningún tipo de calidez. Sigo helada de la cabeza a los pies y nada consigue que me desprenda de este frío que me atenaza las entrañas, pues desde esos días en los que todo pasó una nube insistente de terror me aísla de mi alrededor e impide que mi mente racional intente procesar todo lo que he visto.

Todo empezó el pasado febrero. A eso de la 6 de la tarde, tras una agotador día en la Universidad recibí una triste noticia. Mí tía abuela Amelia, a la que yo tanto apreciaba había fallecido de forma repentina en su antigua casa de la aldea de Estela donde desde su jubilación había residido de forma permanente. Los vecinos, después de haber intentado contactar sin éxito con otros familiares en los pueblos cercanos, habían  avisado a mis padres que, al encontrarse fuera del país por negocios que no podían posponer, me pidieron que me hiciera cargo de todo lo relativo  a los asuntos que hubiera que resolver, cosa a la que no me pude negar.

Así, tomé el primer autobús que salía hacía Estela con el corazón encogido por la tristeza y por la inseguridad pues nunca me había hecho cargo de ese tipo de trámites. Me pasé todo el viaje revisando documentos y recordando los veranos que pasaba en la aldea con mi vieja tía. Vinieron a mi mente aquellos días que pasábamos en el bosque frondoso y verde  que lindaba con la aldea y donde ella intentaba enseñarme a distinguir las plantas benignas de la malignas y me comentaba las propiedades que poseía cada una. Cuando no estábamos en el bosque nos dedicábamos a cuidar su huerto  al que ella prestaba atenciones especiales y del que recogíamos diferentes frutos, hierbas  y hortalizas para después cocinar los más suculentos platos. También solíamos pasar tardes  muy interesantes en el jardín  donde me contaba historias y leyendas típicas de la zona , mientras ella tomaba una taza de té y yo una de delicioso chocolate .

Pasé así la mayor parte del viaje, hasta que el conductor muy amablemente me sacó de mi ensoñación para avisarme de que había llegado a mi destino. Baje del autobús entristecida por los recuerdos y permanecí en ese estado hasta que levante la vista y me encontré con la esperada aunque siempre sorprendente imagen de uno de los pueblos más pintorescos en los que había estado y , estaba segura, estaría jamás.

El pueblo, se encontraba entre montañas altas y rocosas pobladas por espesos bosques. Las casas, hechas de la misma antigüa piedra que componía las montañas, se apelotonaban unas contra otras, dejando espacios limitados para el paso de personas animales y vehículos, llegando en ocasiones a estar integradas en el mismo monte.

Justo cuando estaba a punto de tomar el camino que llevaba al ayuntamiento, escuché mi nombre y vi acercarse a una mujer mayor y de pelo cano  que resulto ser una vecina de mi abuela y una de sus más queridas amigas. De camino a la  casa me contó todo lo que había sucedido y muy amablemente espero a que me instalara para después acompañarme al ayuntamiento donde debía realizar todos los trámites, pues al ser un pueblo pequeño, la llevanza de los asuntos legales se encontraba  en el consistorio. Allí me recibió el alcalde que me dio el pésame y me ofreció muy amablemente su ayuda ya que mi tía era muy querida y  la gente de la aldea, a pesar  de su aislamiento, era conocida por su generosa hospitalidad.

Pasamos largo rato en su despacho rellenando el papeleo pertinente, hasta que  a eso  de las 7 de la tarde llegó la doctora del lugar y pese a que tenía cara de estar muy agotada, me explicó todo lo relativo a la muerte de mi tía. Al parecer su muerte había sido tranquila y sin sufrimiento mientras dormía y , aunque saberlo me proporcionaba  alivio, no me podía quitar de encima cierto sentimiento de culpabilidad  ya que, a final de cuentas, había muerto sola.

La mañana siguiente la dediqué a  realizar los preparativos del funeral con ayuda de la vecina  de mi tía, pues ella le había dejado un documento  donde resaltaba punto por punto todo lo que deseaba para la ceremonia. Todo fue bastante sencillo de realizar a excepción de una cosa. Amelia deseaba que una flor muy peculiar que sólo crecía en las montañas cercanas a la aldea adornara su tumba.  De esta flor,  a la que la gente del lugar denominaba estrella por el brillo fantasmal que emitía por la noche, solía contarse  que guiaba el  alma de los difuntos hasta el más allá…..

 

4 respuestas a “Flor eterna I

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