Flor eterna III (El banquete)

La joven me condujo a través del espeso paisaje del bosque durante unos 15 minutos . A pesar de que no pasamos caminando mucho tiempo me dio la sensación de que habíamos recorrido una larga distancia,  distancia  que se distorsionaba por la oscuridad reinante y por la enorme similitud que se daba entre las distintas zonas de las que se componía  la montaña. Recuerdo que pensé que había sido muy afortunada de encontrar a alguien que me guiara por  ese paraje  ya  que, debido a su naturaleza escarpada y accidentada, jamás habría sido capaz de moverme con la suficiente seguridad para llegar a un lugar seguro  sin acabar  herida o algo mucho peor.

A pesar de ello, esa sensación de fortuna no tardó en disiparse cuando llegamos a la aldea de la que Dalia decía proceder. En muchos aspectos era bastante similar a la aldea de Estela sólo que, en mi opinión,  esta  parecía bastante más atrasada en lo que se refería al tendido eléctrico  y a otras comodidades modernas. Las casas, en este caso, estaban directamente construidas en la montaña, como si aprovechando las cavidades naturales que esta tenía, los arquitectos hubieran querido aprovechar al máximo  tanto el espacio, como la protección extraordinaria con otorgaba la piedra contra el tiempo y los elementos. Otra cosa que me llamó poderosamente la atención es que  el pueblo entero parecía carecer de alumbrado público.

Las únicas luces que alumbraban tanto la calle principal  como las casas provenian  de una especie de farolas colocadas a bastante distancia unas de otras y cuyo mecanismo de alumbrado  se asemejaba al que podría haber existido  hace un siglo  pues se basaba en un sistema de velas que introducidas en una especie de cajas de vidrio amarillentas ,  emitían una luz insuficiente y, a mi modo de ver, un tanto fantasmagórica.

Cuando le pregunté a Dalia sobre este hecho, quitó importancia al asunto explicándome que hace unos meses  se había producido una gran tormenta  que había dejado a todo el pueblo sin suministro eléctrico. Después de aquello y cansados de pedir a las autoridades responsables que se ocuparan  de reparar  la avería decidieron volver a iluminar la aldea tal y como lo hicieron sus antepasados.

Aunque no me quedé muy satisfecha con esa respuesta dejé que me llevara a su casa, donde me curé las heridas y me permitió asearme antes de llevarme a lo que ella llamaba el banquete ocasión que, según  me explico, se celebraba en la aldea una vez al año y casualmente justo ese mismo día.

Así nos dirigimos hacia  la calle principal del pueblo que finalizaba en la casa más grande que había visto hasta el momento. A diferencia de las demás esta no estaba incrustada en la roca de la montaña sino que se alzaba en medio de el resto de viviendas como si fuera el edificio principal alrededor del cual  giraba toda la vida en comunidad de las gentes que allí habitaban . Aunque no estaba adherida a la montaña si estaba construida con su roca por lo que al entrar me dio la sensación de estar penetrando en una cueva tan húmeda  y oscura como pudieran resultar las demás. La atmósfera estaba bastante cargada  y la gente se apelotonaba frente a unas mesas de madera iluminadas vagamente por unas pocos candelabros y  donde estaban dispuestos una serie de frutos y alimentos de distinta índole que reconocí como típicos de la región.

Tras unos minutos me invitaron a sentarme y me presentaron a un grupo de excursionistas que al parecer se habían perdido como yo. Eran bastante agradables y no tardamos en tener la confianza suficiente  como para contar lo que nos había ocurrido . Curiosamente nuestras historias tenían puntos en común como el ruido que nos apartó del camino y la descarga eléctrica que nos dejó aturdidos. Mientras hablábamos de todo aquello , el que parecía ser el alcalde del pueblo pidió silencio para poder decir unas palabras…

-Querdidos hermanos- dijo con voz potente para llamar la atención de los que aún estaban hablando-. Estamos aquí como cada año, tal y como han hecho los padres de nuestros padres desde tiempos inmemoriales . Por desgracia,  me es obligado decir  que aunque celebramos la fiesta de la cosecha tal y como marca la tradición muchas cosas ya no son lo que  eran . Antes la sola mención de nuestro pueblo bastaba para helar la sangre en las venas de todos los que escuchaban nuestro nombre. Eramos respetados, temidos y sí , de vez en cuando, incluso reverenciados por aquellos que pensaban que su idolatría  bastaría para aplacar nuestra ira y nuestro insaciable apetito…

Mientras hablaba el que yo creía  que era el alcalde  pensé,  o que estaba oyendo mal, o que por fin los sustos  que había sufrido esa noche  me estaban pasando factura. Desconcertada, me giré hacía los excursionistas de los que me había hecho amiga  y vi un fiel de reflejo de lo que suponía debía haber en mi propio rosto: el más puro desconcierto. Y, por desgracia, la cosa no terminó ahí.

-Y por eso- prosiguió –  celebramos este rito. Para recordarnos lo que una vez fuimos, para recobrar nuestra naturaleza, lo que nos convierte en lo que somos, y sobre todo…- hizo una breve pausa para quitarse la chaqueta- para que aquellos que nos han olvidado o que piensan que no somos más que leyendas perdidas en las mentes de sus abuelos sepan que somos muy reales, pues las leyendas no exigen tributos ni se deleitan con su carne.

Entonces todo pasó muy deprisa. Observé aterrada como los que consideraba mis salvadores sufrían  una transformación aterradora e imposible. Sus cabellos, que hasta  ese momento habían sido mayoritariamente de un tono claro y luminoso, se tornaron oscuros y lacios. Su piel se volvió pálida llegando en algunas partes a ser de un gris intenso. Sus ojos, hasta el momento humanos,  se dividieron en dos pares más y se oscurecieron hasta alcanzar el tono más negro que jamás haya visto, mientras que de sus labios ennegrecidos salían dos colmillos curvos de varios centímetros que en la tensión del momento mi mente comparó con los de una araña. Y mi mente no andaba del todo errada… pues acto seguido vi como algunos se abalanzaban sobre los excursionistas para envolverlos en una especie de hilo que les salía  directamente de los dedos  para después  comenzar a devorarlos.

Aterrada, salte de la silla con tan mala suerte que me caí de bruces . Cuando me di la vuelta pude observar como desde el techo descendía  por un hilo plateado y  totalmente transformada la persona que yo pensaba que  me había evitado una muerte horrenda y solitaria en el bosque. Dalia, hasta entonces amable y  absolutamente humana, me miraba con la avidez con la que se mira un plato de comida cuando llevas días sin probar bocado.

Pensando que había llegado mi hora cerré los ojos y recé para que todo pasara rápido. Fue entonces cuando escuché unos chillidos emitidos por  esas criaturas y reuní el valor para abrir  un ojo y ver lo que estaba pasando. Había un resplandor blanco y brillante que iluminaba el rincón donde yo me encontraba proveniente de un recipiente  que por suerte había llevado a ese lugar y donde  había guardado  las flores que había recogido. Viendo que era aquello lo que alteraba a esas criaturas, abrí del todo el recipiente iluminando con ello  gran parte de la sala  y haciendo retroceder a esas bestias a rincones donde su luz no llegaba.

Así, viendo que ya no podía hacer nada por los excursionistas, y sabiendo que si no huía de allí yo sería la siguiente , cogí las flores a modo de escudo y salí del lugar y de la aldea tan rápido como mis piernas me permitieron. Corrí durante lo que me parecieron horas hasta que, llegando a una especie de claro  que separaba dos tramos de bosque ,sufrí otra descarga eléctrica  que me dejó esta vez totalmente fuera de combate …

 

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