Espectros

Hace algunos años, tenía la costumbre de pasear a la hora del crepúsculo por un viejo bosque colindante al pueblo donde vivía. Pocas veces faltaba a esa cita y el día en el que todo ocurrió, a pesar de múltiples inconvenientes y obstáculos, no fue diferente.

Serían las seis de la tarde cuando me adentré anhelante en la antigua arboleda  deseando deshacerme de mis innumerables preocupaciones y quebraderos de cabeza. Al principio  todo transcurrió como de costumbre. Avanzaba por el bosque absorbiendo cada detalle: como la luz dorada del atardecer bañaba las hojas de árboles; como los sonidos de los animales que de día moraban por estos parajes daban  paso a sus  compañeros nocturnos y como la suave y cálida brisa se iba transformando en algo más gélido  y oscuro . 

Cuando llegué al final del sendero me senté en mi lugar favorito para observar como el sol desaparecía por completo  mientras me deleitaba con la aparición de las primeras estrellas . Muchos, llegados a este punto, se hubieran apresurado a abandonar el bosque antes de que la falta de luz les hubiera impedido encontrar el sendero de vuelta

Aunque he de decir  que yo no me encontraba en ese grupo pues me había criado en esos parajes y hubiera podido encontrar el camino con los ojos cerrados, eso sin contar además con que el cielo estaba despejado y  una luna llena enorme brillaba en el cielo bañándolo todo de una hermosa luz plateada.

Así , permanecí  en una apacible quietud durante un buen rato perdida en mis pensamientos  hasta que un sonido extraño me despertó de mi ensoñación. Un sonido que más que extraño era inquietante, pues sonaba como si  lo que lo emitiera fuera algo humano que no llegaba a serlo del todo. Después de escucharlo tarde unos minutos en moverme decidiendo si era o no sensato seguirlo hasta su origen.

Al final  me decidí por lo segundo ya que sabía que si no desterraba mis temores me seguirían atormentando,  privándome de una de las cosas que más amaba en el mundo que era pasear por ese bosque. Así me armé de valor y  fui en busca  de lo que fuera que había emitido esa especie de lamento mientras me  asaltaban por el camino un millón de posibilidades lógicas  con las que mi mente trataba de justificar lo que había escuchado.

A pesar de ello nada podía prepararme para lo que vi, pues tras atravesar los arbustos  tras los cuales había escuchado ese sonido misterioso, me encontré con una imagen blanquecina e incorpórea que  se asemejaba a lo que podría haber sido  un hombre joven de unos 30 años. Y que se asemejaba un hombre  es todo lo que puedo decir pues tenía los ojos vacíos y una expresión tan triste y aterradora que no parecía humana.

Así, demasiado asustada para moverme, intenté permanecer inmóvil  para no atraer la atención de lo que fuera que tenía delante de mí. Aunque todo hay que decirlo, esa especie de aparición parecía estar tan concentrada en sus propios sufrimientos que no parecia darse cuenta de mi  indiscreta presencia. Ambos permanecimos inmóviles lo que pareció una eternidad. Luego esa figura etérea dio dos vueltas completas al claro donde nos encontrábamos para luego emitir otro lamento desgarrador y desaparecer como humo bajo los rayos de luz lunar.

Después de que sucediera todo esto corrí como alma que lleva el diablo hasta la casa más cercana a la linde del bosque que había dejado tan precipitadamente. Allí me ayudaron e intentaron tranquilizarme pues estaba en un estado de nerviosismo tan acusado que no dejaba de temblar de pies a cabeza.

 Tras tomarme la copa de wisky que me ofrecieron y de entrar en calor les expliqué lo que me había ocurrido aún a riesgo de que me tomaran por loca pues me embargaba la imperiosa necesidad de contarlo todo en un vano intento de deshacerme del terror que me atenazaba.

Mis anfitriones lejos de creer que había perdido la cabeza me contaron que no era la primera vez que ese espectro se aparecía y que, es más, solía hacerlo en las noches de luna llena pues se asemejaban a la noche en la que dejo este mundo hacía ya tres siglos  traicionado y herido de muerte por la persona que más amaba condenándose así mismo por su debilidad a vagar por esos parajes hasta que expiara sus propios pecados.

Después de aquello tarde días en recuperarme del susto y he de confesar que ahora me lo pienso dos veces antes de entrar en el bosque que tanto me gustaba y que traía paz a mi espíritu pues por lo que pude ver esa noche seres no tan pacíficos deambulan por sus misteriosos senderos.

 

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