Hacedores de mundos I ( Éxodo)

 

Hacía ya dos años que nos habiamos visto obligados a abandonar nuestro planeta natal.

O, para ser más sinceros, dos años desde que habíamos recibido nuestro justo castigo por los crímenes que nuestra especie había cometido durante generaciones contra el planeta que nos había dado cobijo y sustento.

Aunque, todo hay que decirlo, al final no fueron esos desatinos los que dieron la puntilla final a un planeta ya moribundo. No , fue la avaricia alimentada entre pueblos la que desencadeno nuestro armagedón particular.

Todo sucedió la mañana de un día ordinario en el  que nada hacía  presagiar el desastre que se avecinaba. Así , a toda prisa y sin saber muy bien que hacer, los que habíamos conseguido sobrevivir a los coletazos iniciales del apocalipsis, huimos desesperados buscando  una salida  con la vana  esperanza de remediar algo que a todas luces no tenía vuelta atrás .

Pasamos días de auténtica penuria intentando reunir a los supervivientes y las provisiones necesarias  antes de que la masa del planeta colapsara del todo. Todo  lo que veíamos era caos y destrucción a nuestro paso mientras intentábamos rescatar lo que quedaba de nuestra especie.

Mientras veíamos todo lo que la inconsciencia general había desencadenado,  algunos entre los que me incluyo, no podían dejar de preguntarse si merecería la pena que  una raza tendente a la realización de tantos desastres y desgracias fuera salvada del horrible destino que se había fabricado ella misma. Y es que parecía que muchas de los sucesos inherentes al desencadenante del fin del mundo los habían provocado  las tendencias subyacentes  que componen el carácter que nos define como especie.

Al final después de muchas cavilaciones, ruegos y súplicas se impuso el instinto de supervivencia así que optamos por recoger lo que quedaba de nosotros de entre los escombros de lo que antes llamábamos hogar y nos dirigimos hacia las naves de salvamento que quedaban en las estaciones espaciales que seguían en pie.

Mientras nos alejábamos de todo lo que habíamos conocido y  nos mentalizábamos para un viaje por las estrellas que sabíamos que podía resultarnos eterno nos embargó un sentimiento agridulce, pues aunque lo habíamos perdido todo, no podíamos dejar de pensar que tal vez, solo tal vez, podríamos encontrar un destino mejor que el que habíamos perdido…

 

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