La diosa del viento

Era la  noche de la fiesta de la cosecha y desde su trono nebuloso la diosa del viento observaba deleitada las celebraciones que sus  fieles devotos llevaban a cabo tanto en su honor  como en el de las otras deidades de la naturaleza, asegurándose así su favor y  una  recogida exitosa de los frutos que la tierra otorgaba cada año a sus diligentes guardianes.

Mientras pasaba el tiempo,  la diosa permanecía embelesada mirando con atención los rituales y diversiones  que eran delicia y entretenimiento para las hastiadas divinidades. Entristecida y deseosa de vivir nuevas experiencias no paraba de ansiar poder participar en esas fiestas que tanta felicidad parecían traer a los efímeros mortales. Así que al final, impelida por el aburrimiento y el deseo de algo nuevo, decidió dejar de ser una mera observadora y se dispuso a abandonar su brumoso palacio envuelta en blancos ropajes.

Tomando forma de nube, primero dio con precaución  una amplia vuelta a las montañas que rodeaban el festejo. Verlo todo más de cerca no hizo más que aumentar su curiosidad así que murmurando un hechizo en la lengua arcana se transformó en  una fresca brisa nocturna.

De este modo, sintiéndose más segura y  siendo invisible a los ojos de los hombres,se dispuso a mezclarse entre ellos. Así pudo oler los sabrosos manjares que disfrutaban encandilados, pudo disfrutar la música que hacía vibrar todos  su sentidos y pudo escuchar las fervientes oraciones que esperanzados  lanzaban al aire.

Disfrutando de todo aquello la diosa se sentía feliz y afortunada. Desde que le alcanzaba la memoria – y su memoria abarcaba prácticamente todas las eras que el mundo había conocido- no recordaba una noche en la que hubiera sido tan dichosa como aquella. De modo que, animada por todo lo que veía e incitada por la necesidad de experimentar cosas desconocidas decidió tomar forma humana.

Murmurando palabras antiguas transformó su etéreo aspecto en una forma de carne y hueso. Cuando el cambio hubo terminado se acercó a un lago cercano que reflejaba la luz blanca de la luna para poder ver que aspecto tenía. Al agacharse pudo ver como una muchacha joven le devolvía la mirada. Tenía los cabellos largos y claros y  la piel tan pálida como los rayos de luz que se  reflejaban la superficie del agua.

Satisfecha con su transformación, se dirigió a la fiesta donde observó desde un rincón tímidamente a la gente que se divertía intentando reunir el valor necesario para unirse a ellos . Al final cuando iba  a desistir de su empeño, por suerte o por destino, alguien apareció para darle el empujón que necesitaba.

Un hombre  joven de cabellos negros y de ojos tan oscuros como la noche se había quedado embelesado ante la imagen de la hermosa muchacha y se apresuró a invitarla a bailar. La diosa aceptó la invitación sin dudar, pues si el joven mortal  se sentía cautivado por ella, no menos fascinación sentía ella por él.

Habiendo bailado y disfrutado gran parte de la noche decidieron dar un paseo nocturno para terminar la velada. Así caminando, riendo y  charlado de cosas triviales llegaron hasta el lago dónde la deidad había visto su reflejo por primera vez.

Cuando llegó el momento de separarse ambos eran reacios a partir, pues en el poco tiempo que llevaban juntos ya sentían que sus destinos se habían entrelazado de forma imperecedera. De esta suerte y sabiendo la diosa el arduo camino  que les aguardaba se despidió de él con un beso y con la promesa de volver a verse la próxima noche en ese mismo lugar  para después partir  hacia su hogar con renovada ilusión y esperanza.

 

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