Por encima de las nubes

 

Tras muchos meses de viaje por fin  estábamos cerca de alcanzar nuestro objetivo.

Según las leyendas y las historias que habíamos escuchado desde que teníamos uso de razón la mítica ciudad del aire se hallaba a unos pocos cientos de metros por encima de nuestras cabezas y aunque tardamos en darnos cuenta por la espesa niebla que nos envolvía, una vez conscientes de ese hecho una emoción indescriptible hizo presa de nosotros.

Y es que después de incontables calamidades y sufrimientos como caídas, secuestros y algún que otro intento de sacrificio ritual,  habíamos llegado a las escarpadas montañas del norte donde aseguraba la tradición que se hallaba ese lugar ancestral. Al principio la subida fue coser y cantar, aunque ese tramo celestial del viaje no duro mucho pues pronto el terreno que era de roca dura y escarpada, se hizo cada vez más empinado e impracticable obligándonos a dejar atrás parte de las provisiones que llevábamos con nosotros disminuyendo así las posibilidades que teníamos de regresar a casa.

Aun así, la idea de desistir nunca se nos pasó por la cabeza pues el sueño de llegar a ese lugar había sido nuestro fiel compañero a lo largo de nuestra infancia y adolescencia  convirtiéndose con el paso de los años en  el objetivo vital de todos nosotros.

De este modo, y con el firme propósito de  seguir avanzando iniciamos de nuevo el ascenso tras dejar  el peso que lastraba nuestros pasos. A medida que subíamos el viento se tornaba cada vez más gélido y cortante y la lluvia que empapaba nuestras ropas se convertía en una intensa nevada tan abundante que  impedía que viéramos algo que estuviera más lejos que nuestras manos que se aferraban desesperadas  a la roca afilada y helada.

A pesar de  todo ello, de las inclemencias del tiempo, de la montaña y del dolor y el cansancio que hacían mella en nuestros maltrechos cuerpos aceleramos el ritmo con la idea de llegar los más rápido posible a nuestra meta cosa que hicimos un par de horas después, aunque casi sin percatarnos de ello por lo concentrados que estábamos en seguir avanzando.

De pronto el viento paró , la nieve dejo de caer y el frío cortante se trasnformó en una temperatura tan agradable que bien podría haber sido la típica de un soleado día de primavera .Cuando por fin alcanzamos la cima toda la niebla y las nubes se habían disipado dejando ver una majestuosa ciudad de piedra bañada por el sol del atardecer. Era majestuosa desde luego, aunque parecía abandona y en parte en ruinas como si se hubiera librado allí una batalla hace muchos siglos.

Como ya era tarde y el clima que allí reinaba era mucho menos inclemente que el de la montaña  que acabábamos de subir decidimos acampar  en la zona central de la urbe, así que fuimos caminado despacio por las calles abandonadas de piedra gris sobrecogidos por su magnificencia mientras nos cerciorábamos que realmente la ciudad  estaba  tan deshabitada como parecía en un principio. Y deshabitada estaba, no solo de personas sino  también de cualquier objeto de valor que pudieran haber tenido los  ciudadanos que allí vivieron.

Un poco desanimados por este hecho e imaginando que no habíamos sido los primeros en llegar hasta aquí  con ánimos de buscadores de tesoros nos dispusimos a pasar la noche en el edificio central de la ciudad. Dicho edificio era enorme y parecía dedicado a algún tipo de culto o  deidad y  además era uno de los pocos que estaba intacto  y que resistía el paso del tiempo. Así con la idea de pasar la noche a cubierto abrimos  apresuradamente las grandes puertas que llevaban al interior solo para quedarnos congelados en su entrada.

Y es que en su interior se alzaba un  enorme arco de piedra blanca con  exquisitos motivos flores y celestiales en cuyo centro brillaba un cristal blanco del que salían sonidos tan extraños que parecían de otro mundo. Mis compañeros petrificados se negaron a entrar, pero yo embelesada por la luz y los sonidos que provenían del arco avancé con paso decidido  hacía  el mismo.

Hechizada por todo lo que estaba viendo levante la mano para tocar lo que parecía cristal y es que solo lo parecía pues al tocarlo se hizo flexible y acuoso como el agua que cae desde una cascada. Fascinada por lo que veía metí la mano en esa agua brillante para ver como desaparecía y volvía a aparecer después de retirarla. En ese momento tomé una decisión. Tenía que ver lo que había al otro lado del agua. No había llegado hasta ahí para dar marcha atrás cuando por fin había encontrado algo tan extraordinario que solo podría haber imaginado en mis sueños más descabellados.

Así cerrando los ojos y con una sonrisa me dispuse a traspasar el umbral hacia otro rumbo….

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