El origen del otoño

Hubo un tiempo en el que los antiguos dioses, cansados del páramo eterno, soñaron un mundo nuevo y fantástico en el que imaginaron toda clase de seres cuya deslumbrante belleza haría estremecerse hasta a los celestiales más indolentes.

Y fueron ellos los que, animados por esta idea, descendieron de las tierras eternas sostenidas por el sagrado arco de piedra para adentrarse en la oscuridad de la inexistencia que reinaba en sus profundidades.

Así, imbuidos de su espíritu creador, desterraron la nada y dieron forma con su luz a las sombras que vagaban libres creando así la tierra que sus mentes y corazones habían deseado.

Y en ella vislumbraron innumerables flores y plantas de diversos colores que adquiriendo apariencia corpórea tejieron un manto de colores tan hermoso que ensombrecía los vistos en el reino de los dioses. De esas flores que crearon eligieron las más fuertes para erigir los cuerpos y las almas de los animales que poblarían ese nuevo mundo que habían imaginado.

Después dieron vida a un nuevo fuego que daba calor sin quemar, al agua que saciaba la sed y daba vida, pero no oprimía y a un viento cálido que mecía los sueños de los habitantes del nuevo mundo sin poder para destruir lo que habían levantado.

Una vez hubieron terminado observaron lo que habían creado y se maravillaron pensando que por fin habían encontrado la cura para su tediosa eternidad. Pero hete aquí que con el transcurrir del tiempo la ilusión comenzó a tornarse en desesperanza pues lo que había sido creado por los celestiales permanecía inalterable tanto en su forma como en su alma generando en ellos la misma sensación de abúlica apatía que había hecho que su existencia rayara en lo insoportable.

Y es que los dioses habían creado el nuevo mundo basándose en lo que conocían del páramo eterno, haciendo que todo lo que habían imaginado permaneciera inalterable e invariable repitiéndose su existencia de la misma forma una y otra vez.

Angustiados por su incapacidad para crear lo que deseaban, fueron a ver a sus dos deidades supremas para confiarles sus tribulaciones. Estas deidades, que además eran las más ancianas del páramo les explicaron que al ser lo que habían creado también eterno su aspecto y sustancia nunca cambiaría en lo más mínimo repitiéndose el mismo hilo existencial que les estaba causando tanta insatisfacción.

Al final los dos dioses compadecidos por la desesperación de sus súbditos bajaron a la nueva tierra para ayudarlos mientras pronunciaban estas palabras:

“Fuego que das calor a todas las almas que aquí residen, crece y hazte fuerte. Arrasa lo presente con tus llamas ardientes, limpia la tierra y sus viejas simientes para dar cabida a lo nuevo que espera en lo profundo de la tierra.

Agua que sacias la sed que aqueja a todos los seres vivientes, crece y hazte fuerte. Expándete hasta donde la vista alcanza. Nutre y fortalece las vidas que encuentres haciendo que den nuevos frutos para nuevas simientes.

Viento que meces las vidas presentes, crece y hazte fuerte. Dispersa la vida que tiene esta tierra por las cuatro direcciones mientras alimentas sus almas templando sus ánimos.”

Y con estas simples pablaras algo cambió en el orden del mundo creado. Nuevas vidas germinaban, crecían y cambiaban, daban fruto y origen a nuevas vidas, y al final cuando cumplían su tiempo dejaban sitio para que todo siguiera su curso. A partir de entonces un nuevo ciclo fue impuesto consiguiendo experimentar los inmortales un sentimiento de cambio que hacía emocionante su existencia imperecedera.

Y es que ya nada permanecía inalterable de forma perpetua. Al principio del círculo la naturaleza parecía muerta mientras se resguardaba en lo profundo de la tierra como queriendo protegerse de las inclemencias de los elementos. Después iba surgiendo poco a poco, creciendo y fortaleciéndose mientras se preparan para dar los frutos que sostendrían a los que estaban por venir.

Y al llegar el final la tierra se teñía de diversos colores para recibir con suntuosas galas el ocaso de un periodo y el inicio de otro, mientras despidiéndose de lo viejo para dar cabida a lo nuevo se ofrecen banquetes y rituales sagrados dando las gracias a aquellos seres ancestrales que un día imaginaron una vida efímera de deslumbrante y eterna belleza.

 

 

 

 

 

6 respuestas a “El origen del otoño

  1. Me encanta, muchas gracias por unirte al reto de este mes y por aportar algo tan bonito como este relato. Suele pasarme que me quedo con las ganas de más. Ojalá vuelva a verte por el blog. Muchas gracias, de verdad. ¡Un beso!

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