Cuento de Samuin

Muchas leyendas cuentan lo que sucede en esta noche mágica del año. Una noche en la que, si creemos en las historias que se narran desde hace generaciones, el velo que separa el mundo de los vivos y los muertos se hace tan fino que podemos alcanzar a vislumbrar el otro lado.

Es una noche también en la que distintos tipos de criaturas vagan libres y de cosas que en otro momento del año serían de imposible realización adquieren cuerpo, alma y hasta voluntad propia. Y es que la magia y las fuerzas de la tierra adquieren un nuevo vigor alentadas por la fiesta de la cosecha que marca el fin de la luz y el principio de la oscuridad.

Y sabiendo esto, sabiendo que existía la mínima posibilidad de ver cosas maravillosas que no pertenecen a este mundo ¿Cómo podría desperdiciar la oportunidad que se me presentaba?

Siguiendo las indicaciones de los lugareños, caminaba por el sendero del viejo bosque bajo la luz del atardecer y las hojas de los árboles que, teñidas de diversos colores, se tambaleaban con la brisa fresca de finales de octubre. El aire olía a leña mojada y a frutos otoñales y los habitantes del lugar corrían para dejar paso a sus congéneres nocturnos.

Recorrí el camino durante media hora nerviosa y exaltada pues algo peculiar se notaba en el aire, algo que no se percibe el resto del año, algo tan liviano y especial que si no estas atento pasa totalmente desapercibido.

Mientras andaba miraba cada poco al cielo ensimismada pues con el decaimiento del sol hizo acto de presencia una luz nueva, una luz que, aunque más suave y tenue, encerraba promesas de historias tejidas con tiempos antiguos.

Después de un tiempo llegué al final del sendero y me quedé parada durante un momento. No se veía nada a excepción de la ligera niebla que empezaba a levantarse y la luna en el cielo que reflejaba su luz sobre la tierra como queriendo consolarme por la sensación de fracaso que empezaba a apoderarse de mí.

Al final, desalentada y con un frío de los que hacen historia, decidí darme la vuelta cuando una especie de chasquido llamó mi atención.  Y es que para mí absoluta sorpresa – y sí, terror- un par de hileras de lo que parecían ser nabos vaciados y rellenados con velas encendidas, marcaban un camino distinto que se adentraba en el bosque.

Me pare otro momento sin saber que hacer, pero enseguida resolví seguir el nuevo sendero que se había marcado, un tanto por la emoción que me embargaba por ver cosas que casi nadie había visto, y otro tanto porque en mi interior presentía que me arrepentiría el resto de mi vida si me daba la vuelta en ese instante.

Así, algo asustada pero decidida, me dispuse a recorrer el camino iluminado por las brillantes luces.

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A medida que lo iba recorriendo una luz tenue apareció en la lejanía, y un sonido parecido al de las gaitas y los tambores empezó a llenar el aire cada vez con más intensidad.  Hipnotizada por ese sonido seguí andando hasta que me di cuenta de que algo en mi atuendo había cambiado: los pantalones gastados, el suéter y el abrigo verde que había llevado hasta entonces habían dejado paso a un vestido de baile cuya disposición y colores se asemejaban al de las alas de una mariposa. También habían desaparecido las botas de montaña que usaba normalmente en mis escapadas a la naturaleza para dar paso a unas graciosas bailarinas que se ataban con elegancia en los tobillos. Y al final apareció en mi rostro un gracioso antifaz a juego con el resto del vestido que ocultaba la mistad superior de mi cara.

El asombro por el cambio tan repentino de vestuario no consiguió amilanar a mis ganas de seguir adelante y animada por la idea de que estaba en el camino correcto aceleré el paso hasta casi echar a correr.

Al llegar al final del camino me encontré para mi sorpresa con una joven alta y rubia, de orejas puntiagudas y que al igual que yo iba vestida para una celebración de origen desconocido. Aine, – pues tal era su nombre- que llevaba un hermoso vestido blanco adornado con estrellas y un antifaz plateado que se asemejaba a la luna que brillaba en el cielo, se presentó como una de las hadas que había venido a festejar la fiesta de Samuin y también me contó que había sido una de las elegidas para guiar a los pocos mortales que habían sido invitados a la celebración.

Después de esta explicación, Aine me llevo al claro de donde procedía la música para poder unirnos a sus rituales. Al llegar al lugar señalado me quede maravillada por lo que estaba viendo. Rodeado de farolas y luces que serpenteaban por las ramas de los árboles ya casi desnudos se encontraba dispuesto un banquete que me recordó a las antiguas escenas medievales representadas en viejos tapices y cuadros.

En el centro del lugar brillaba una inmensa hoguera alrededor de la cual – según me contó me guía sobrenatural – un gran número de hadas, unos pocos mortales, espíritus de difuntos y seres mágicos de todas clases danzaban arrojando objetos de todas variedades para librarse de los malos sentimientos y escollos que habían sufrido durante el año que terminaba.

Algo alejadas de la hoguera, se disponían tres grandes mesas de roca negra en las que había un montón de comida y bebida de temporada como bizcochos de manzanas, pasteles de castañas, pan de nueces y dulces de calabaza. A los lados de la mesa había un montón de sillas de lo más peculiares que llamarón poderosamente mi atención, así que no tardé en preguntarle a mi guía feérica por su procedencia.

-Estas sillas- me dijo Aine- están hechas de roble otoñal tallado con magia para mantenerlos con vida. En estas fiestas el roble es un árbol protector que además de dar cobijo y consuelo a las almas que acuden a ellos, protege de los demonios y malos espíritus que esta noche campan a sus anchas.

Hechizada por el brillante diseño de las misma me apresuré a sentarme en una de ellas, aunque antes de hacerlo mi compañera me detuvo amablemente.

-Algunos de estos asientos- incluida la silla en la me iba a sentar- están reservados para las almas de los muertos procedentes tanto del pueblo mortal como eterno, pues en esta noche el velo que separa ambos mundos se hace tan fino que se les permite andar por la tierra y participar en las celebraciones como cuando estaban vivos. Además- me dijo- también encendemos velas para guiarlos y les ofrendamos comida propia de la estación para que cojan fuerzas y puedan seguir su camino.

Después de la explicación me llevo a una silla que estaba libre y nos dispusimos a disfrutar de la comida y bebida que allí había mientras comentábamos sus deliciosos sabores y todo aquello que veía y que me causaba curiosidad. En un momento dado de la fiesta un joven que parecía de la raza de las hadas y una mortal se dispusieron delante de la hoguera mientras detrás de ellos se materializaba una especie de espíritu con ropajes que me recordaban a los de los antiguos druidas.

– ¿Qué está ocurriendo ahí? – le pregunté a Aine-

-Lo que estás viendo- me dijo- es una boda entre un hombre de la raza de las hadas y una mortal. En esta fiesta, la frontera entre el mundo de las hadas y el vuestro también desaparece, y las grutas y los reinos donde vivimos se hacen visibles para los humanos. También se nos permite a nosotros en este día del año tomar consortes mortales. Claro que en mi opinión ambos deberían estar muy seguros de su amor, pues de todos es sabido que los rituales y las uniones llevadas a cabo en las fiestas sagradas transcienden los mundos creando un lazo entre los dos amantes que es imposible de romper.

Atónita por todo lo que estaba descubriendo seguí dando buena cuenta de los manjares que tenía delante, hasta que otra duda asalto mi mente.

-Aine – la llamé- Me estoy fijando en que todos los asistentes a la fiesta llevan mascara. ¿Hay algún motivo especial?

-Pues la verdad es que sí- me dijo ella un tanto renuente-. En Samuin no solo fuerzas benévolas andan libres. También las malignas andan por ahí haciendo de la suyas . Las máscaras sirven para que no puedan reconocerte y así librarte de las consecuencias funestas del encuentro con alguna de ellas.

Algo acobarda y agradecida por el detalle del antifaz me levante para empaparme de todos los detalles de la fiesta siempre seguida de la fiel y protectora hada. En un momento dado me llevo cerca de la hoguera y bailamos alegremente con toda clase de seres, desde elfos y enanos  y hasta con algún fantasma que según  lo que me contó bien podría haber sido mi tatarabuelo. También me proporciono un papel para que escribiera lo que deseaba dejar atrás y pudiera arrojarlo al fuego para así poder participar de esa parte de la fiesta.

Así riendo, bailando y haciendo amistades supraterrenales pasé el resto de la noche disfrutando de las antiguas costumbres que tanto hemos olvidado hoy en día.

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Al final de la noche cuando ya empezaba a salir el sol y todos los invitados a la fiesta empezaron a marcharse- o a disiparse- Aine me llevo al principio del camino donde había empezado esta historia. Mientras andaba vi apenada como mis hermosas ropas de fiesta desaparecían para dar pasó a mis gastados vaqueros, mi chaqueta y a mis viejas botas de montaña. Antes de que amaneciera del todo Aine y yo nos despedimos con un sabor agridulce en la boca, pues había visto cosas maravillosas pero esa noche mágica ya tocaba a su fin. Ella se despidió amablemente y me regalo una de las pulseras de plata que llevaba para que recordara lo que había visto y para que no olvidará tampoco en nexo de unión que existe entre el mundo mortal y el invisible.

-Cuenta lo que has visto- me dijo- para qué los mortales que han olvidado las antiguas costumbres se acuerden de nosotros y no olviden tampoco lo que se esconde en la oscuridad de las sombras. Además, esta pulsera te servirá para poder participar en la fiesta otra vez. Dicho esto, se desvaneció con una sonrisa antes de que el sol saliera del todo.

Así, algo triste pero animada por la posibilidad de volver a ver ese mundo mágico descendí la montaña con la resuelta intención de resucitar nuestras antiguas tradiciones, esperando con ilusión a que el año próximo volviera a traer la magia de la noche de Samuin.

 

 

 

2 respuestas a “Cuento de Samuin

  1. Qué bonito relato, Runa. Lleno de magia y fantasía. Supongo que Samuin forma parte de vuestro folklore y lo desconocía. Me ha gustado esa descripción detallada de la fiesta, con esa mesa llena de fabulosos platos muy otoñales. Y es genial la reflexión final de mantener vivas estas tradiciones ancestrales.
    Un abrazo 😊

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    1. Muchas gracias Lídia! Pues la verdad es que al vivir en una región de ascendencia celta estas tradiciones siempre han estado presentes, aunque de forma algo atenuada porque se mezclaban con las tradiciones cristianas Aunque también hay que decir que en los últimos años se están volviendo a retomar con más fuerza.
      Un abrazo y muchas gracias por el tiempo que dedicas a leer lo que escribo :,) .

      Le gusta a 1 persona

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